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viernes, 27 de diciembre de 2013

Efemerides Folcloricas:
 
27 DE DICIEMBRE

1965 - Se registra la zamba “La pasto verde”, con música y letra de Marcelo Berbel. Dedicada a Carmen Funes, pulpera de Plaza Huincul. En 1910 comunicó que el agua tenía gusto a kerosén. Era petróleo. “Aguada de los recuerdos lejanos,/ tapera de un dulce ayer./ Tiempo de la Pasto Verde ,/ zamba del coraje hecho mujer”. 


1947 - Muere en la estancia “El Cardal” del Dr. Emilio Solanet, en Chacabuco (Buenos Aires), el caballo criollo “Mancha”, quien junto a “Gato” cumplieron la hazaña del viaje de Buenos Aires a Nueva York durante 1925-1928, con la monta del jinete Aime Félix Tschiffely. Tenía 40 años.


jueves, 26 de diciembre de 2013

Efemeride folcloricas:
 
26  DE DICIEMBRE


2000 -
Muere el caballo “El Zorro”, tordillo de Omar Passarotti, el más mentado de los reservados del país. Lo montaron el “Negro” Santamaría, “Tucuta” Schang, Alfredo Ramos, Domingo Silvera, Miguel Ordina, Rufino Montiel y Jorge Aristegui. Su nombre es una leyenda. Bajo su lomo encontró la muerte Carlos Aristegui. Tenía 28 años.

martes, 24 de diciembre de 2013


TITA MERELLO

Actriz y cantante
(11 de octubre de 1904 - 24 de diciembre de 2002)
Nombre completo: Laura Ana Merello

Tita no necesitó crear un personaje. En sus más desetenta años de trayectoria artística, simplemente recurrió a
expresar, los matices de su propia vida, entregando al público lo peculiar de su personalidad.
No tuvo maestros. Tuvo abandono temprano, calle y tristeza, donde forjó la prepotencia que la caracterizó toda su vida, fiel reflejo de los papeles que le tocó interpretar en el teatro y en el cine.
Un ejemplo de esto, es aquella memorable escena, una de las mejores de todo el cine argentino, de la película "Los isleros". En ella personifica a "La Carancha" (ave nocturna que ataca y devora a los animales más pequeños), mujer agresiva que forma pareja con un hombre tranquilo, un campesino manso. En la escena ella ataca verbalmente a su hombre y este resiste, hasta que lo llama "toruno" (buey o toro castrado), entonces el hombre reacciona y le pega rebencazos hasta amansarla, para finalmente poseerla físicamente.
No nació para cantar. De joven decía con humor tangos reos. Más adelante, a medida que su repertorio se fue ampliando, al intentar sostener las notas, desafinaba. Pero tenía ángel y era aceptada por su público, tanto es así, que de varios temas realizó creaciones inolvidables y de tal magnitud, que ninguna otra cantante se atrevió a incluirlos en su repertorio sin salir mal parada.
El tango Arrabalera -del film del mismo título, basado en la obra teatral de Samuel Eichelbaum, "Un tal Servando Gómez"-, "El choclo", "Se dice de mí", "Pipistrela" y "La milonga y yo", que fuera creada especialmente para ella por el autor y compositor Leopoldo Díaz Vélez, también para una película, son emblemas de su repertorio.
Con respecto a "La milonga y yo", vaya como curiosidad que una parte de su estribillo fue plagiada por Joan Manuel Serrat, aquella que dice: "vamos subiendo la cuesta...", y que las instancias judiciales, después de treinta años, siguen sin resolver el pleito.
Bajita, morocha, de bellas piernas, labios gruesos y sensuales, y ese gesto de mirada insinuante y provocadora, de quien todo lo sabe y todo lo ofrece. Esa era ella y su personaje. Y así fue. Buscó todo con rabia, exultante, consiguió muchas cosas pero también perdió.
Fue registrada como Laura Ana Merello, nacida en la calle Defensa 715, el 11 de octubre de 1904. Hija de Santiago Merello de profesión cochero. Extrañamente no figura en su partida el nombre de su madre. Cuatro años más tarde una muchacha uruguaya llamada Ana Gianelli o Ganelli, se reconoce como su madre en la misma partida de nacimiento. Su padre ya había fallecido con sólo 30 años de edad.
«Yo conocí el hambre. Yo se lo que es el miedo y la vergüenza», con estas frases comenzó el relato de los duros momentos vividos en el asilo donde pasó sus primeros años.
«Mi infancia fue breve. La infancia del pobre es más breve que la del rico. Era triste, pobre y fea». Ya más grande, declaró sin pudor, "haber hecho la calle".
Y acto seguido nos confiesa que ya siendo reconocida en el ambiente artístico, un periodista famoso, al saludarla y tomar su mano, luego de observarla procazmente con intenciones "non santas", le dijo: «Usted en otra vida debió haber sido cortesana.» Y ella contestó: «¿Y ahora qué soy?»
Llega al escenario al enterarse que se necesitaban coristas en un teatro cercano el puerto, de esos característicos que vemos en las películas, frecuentado por marineros y gente del bajo fondo. En este momento viene a mi memoria Marlene Dietrich, aquella alemana bajita, sugerente, de hermosas piernas y desenfadada, los mismos atributos que la Merello, en el film "El ángel azul" donde intentaba cantar en un turbio cafetín y provocando el amor irracional de un serio profesor.
Un periodista de la época lo describe como un teatrillo de mala muerte, casi pornográfico, de nombre "Ba ta clán", a partir de entonces, a las coristas se las llamó "bataclanas", y este término se convirtió en sinónimo de "mujer alegre".
Tiempo más tarde pasó a ser una "vedette" y la bautizaron "La vedette rea". En esta condición estrena la obra "Leguisamo solo", creada por el director musical de la compañía, un italiano acriollado amante del turf, Modesto Papavero, y resulta un notable éxito.
Un famoso crítico teatral que la conoció antes de los años '30 dijo de ella: «Es una de las actrices más temperamentales, más fogosas y de carácter más fuerte de la escena nacional, a la par que es muy picara, muy rápida para las réplicas, muy inteligente, e interpreta los tangos como actriz. Cada tango es un pequeña obrita de teatro.»
Comenzó en el cine con el cine mismo. Aparece en la primera película sonora argentina reconocida como tal, "Tango", del año 1933. Otras posteriores apariciones suyas fueron de "segunda damita joven", pero de personalidad opuesta a la primera actriz que hacía el papel de "cándida" y con quien, en definitiva, se quedaba el galán, todo en un marco de comedia.
Pero cuando en 1937 filma "La fuga" se revela como actriz dramática, desconcertando a productores y directores, por su naturalidad, su expresión y su desenvoltura.
Otras películas importantes de su trayectoria en el cine, que la consagran en forma definitiva, fueron: "Morir en su ley", "Filomena Marturano" (del actor y dramaturgo italiano Eduardo De Filippo), "Los isleros", "Arrabalera", "Pasó en mi barrio", "Guacho", "Para vestir santos", "Amorina" y muchas más hasta superar las cuarenta.
Con el tiempo y en pleno desarrollo de sus éxitos actorales es requerida por el teatro, la televisión y por la radio, medio, este último, en el que continuó hasta su vejez. Ya era "Tita de Buenos Aires".
Como cancionista llegó al disco en el año 1927, para el sello Odeón, con dos temas: "Te acordás reo" (de Emilio Fresedo) y "Volvé mi negra" (de José María Rizutti y letra de Fernando Diez Gómez). En el año 1929 pasa a la Victor donde graba 20 temas, destacándose "Tata ievame p'al centro", "Che pepinito" y "Te has comprado un automóvil".
Luego de un largo paréntesis vuelve a los estudios de grabación, en el año 1954, de la mano de Francisco Canaro, siendo esta su época consagratoria. Allí surgen discos inolvidables como "El choclo", "Se dice de mí", "Arrabalera", "Niño bien", "Pipistrela" y "Llamarada pasional", este último dedicado a Luis Sandrini y del cual es autora.
En las décadas del sesenta y del setenta graba más de cuarenta temas, con las orquestas de Carlos Figari y Héctor Varela.

Todo lo hizo con ímpetu arrollador. Fue mujer de muchos hombres, pero siempre reconoció un solo amor, el del actor Luis Sandrini (fallecido en 1980), con el que vivió alrededor de una década y quien luego la abandonara por una actriz más joven, Malvina Pastorino (fallecida en 1994).
«Mi mejor personaje es el mío. Una actriz dramática se llora a si misma cuando interpreta un personaje teatral.»
Obtuvo premios como actriz, pero lo más importante es el reconocimiento del público, que se mantiene hasta la actualidad y que la consagró como un símbolo de la mujer del tango y de Buenos Aires.
Rafael Rossi 

Nombre verdadero: Rafael Rossa
Bandoneonista, compositor y director.
(28 de diciembre de 1896 - 24 de diciembre de 1982)
Orlando Del Greco, en su libro Carlos Cardel y los autores de sus canciones, y Horacio Ferrer, en El libro del tango, dan como fecha de nacimiento el 30 de diciembre de 1896. Sin embargo, Rafael Rossi, en un extenso reportaje que le efectuara la revista "El tango 100 años de historia" (Editorial Perfil), da como su fecha de nacimiento el 28 de diciembre de 1896. Del Greco, también en el libro citado, consigna que su verdadero apellido era Rossa. 

Una figura de prolongada y fecunda trayectoria dentro del tango fue la de don Rafael Rossi, bandoneonista, director y compositor, que alcanzó amplia popularidad y prestigio en nuestro país a través de su copiosa y calificada producción autoral, y también como consecuencia de su intensa labor en radio, en discos y, sobre todo, en giras por todo el territorio de la provincia de Buenos Aires.
Había nacido en Mercedes (ciudad situada a 80 km de Buenos Aires) el 28 de diciembre de 1896 y, como él mismo afirmara, desde muy jovencito dos cosas lo apasionaron el bandoneón y la aventura. En 1912 se largó a Buenos Aires con otro mercedino, y trabajaron de pintores primeramente. Pero Rossi, que había escuchado en Mercedes a Juan Maglio (Pacho), los sábados iba a oírlo tocar en el café Garibotto (Pueyrredón y San Luis), afirmándose su vocación por el fuelle.
Y comenzó sus estudios en el Conservatorio de don José De Caro, padre de Julio, los que abandonó cuando comenzó la guerra de 1914, para regresar a Mercedes, ya con algunos conocimientos básicos del instrumento y el aprendizaje de un conjunto de piezas. Tocando esos primeros tangos y estudiando solo, completó medianamente su formación musical.
A fines de 1914, con esa instrucción, su espíritu aventurero y con el guitarrista Pedro Lafourcade como ladero, se largó en su primera gira. Comenzaron en Junín y, pueblo por pueblo, fueron conociendo gran parte de la provinda de Buenos Aires, Arenales, Arribeños, Ascensión, Sol de Mayo, hasta que, a fuerza de dejar cuentas impagas en los hoteles y tocando prácticamente por monedas, llegaron a Vedia.
Allí se instalaron y comenzaron a mejorar económicamente. Ya en 1915 alcanzaron la ciudad de Rufino (importante ciudad de la provincia de Santa Fe), donde se contactó con un buen bandoneonista de la época, Ángel Danesi. Él los recomendó para tocar en Huinca Renancó (ciudad de la provincia de Córdoba) y ahí sí se afirmaron. Ganaban setenta pesos mensuales, con casa, comida, yerba y kerosene. Se apartó Lafourcade y formó un trío, con Roque del Cagneo y Timoteo Palacios.
De Huinca Renancó pasó a Del Campillo, donde formó otro trío, llegando a Rio Cuarto, Firmat, Elortondo, Rufino nuevamente (localidades de las provincias de Córdoba y Santa Fe), hasta que volvió a Mercedes, para cumplir con el servicio militar.
Posteriormente consiguió otro guitarrista mercedino y se largó nuevamente a los pueblos de la provincia de Buenos Aires. Cuando pasó a Santa Fe, desde Rufino, mandó a buscar al violinista Udelino Toranzo. Ya en trío, volvieron a tocar en Junín, donde se encontraron con Pacho, a quien Rossi le había enviado uno de sus primeros tangos, titulado precisamente Pacho. Ese encuentro y esa composición le valieron a Rossi la invitación para sumarse al conjunto del legendario bandoneonista. Así que disolvió su trío y siguió de gira con Pacho. Terminada ésta, Rafael Rossi se instaló en la Capital, ya en forma definitiva, vinculándose en ese año de 1919 a otro importante músico de tango, el pianista y compositor José Martinez. 
Después de varias actuaciones formó su primer cuarteto importante. Lo integraron, junto al bandoneón del director, los violinistas Fernando Franco y Emilio De Caro y el pianista Francisco De Caro. Luego de disuelto este conjunto, participó con Francisco Canaro y Roberto Firpo de la orquesta gigante para los carnavales de 1920. Desde ese año hasta 1935 estuvo con Canaro, interviniendo en otros conjuntos reducidos que formó para atender actuaciones en el interior, en los cuales participaron el pianista Eduardo Pereyra (El Chón) y el violinista Alberto Castellanos.
En 1920, por intermedio de Pacho, se conoció con Gardel, a quien le fue entregando una serie de obras de su autoría, que El Morocho grabó inmediatamente: "Por el llano", "Ave cantora", "Perdonada", "La milonga", "Fiesta criolla", "Senda florida" -todos tangos- y el vals "Rosas de abril", los siete con letra de Eugenio Cárdenas; "Ebrio", "Corazoncito", "Primero yo", letras de José Rial; el estupendo "Como abrazado a un rencor", con letra del periodisa Antonio Podestá; "Sos de Chiclana", con Julio Navarrine, "Recordándote", la zamba "Cañaveral", el estilo "Como las margaritas" y la ranchera "La pastelera".
También con José Rial compuso Rafael Rossi "Buena pilcha", "Ponete paquete", "De corazón a corazón" y "Lo que pide el corazón".
Con Enrique Cadicamo compuso otro bellísimo tango "Cuando tallan los recuerdos". Con Udelino Toranzo dio a conocor un tango perdurable, puramente instrumental "Jueves".
Su primer tango, de 1916, fue "Don Leandro", a los que siguieron el ya nombrado "Pacho", "A Horacio", "La cañada", "Estás triste", "Renacimiento", "Cañaveral", continuando una larga lista de obras que sería riesgoso enumerar, porque siempre se están descubriendo nuevos títulos del pródigo compositor.
Llegó al disco, casi siempre con temas folklóricos, en Odeón (como Firpo tenía exclusividad para grabar tangos con orquesta para la empresa Max Glücksmann, a Rossi lo destinaron a grabar temas folklóricos).
Posteriormente, con su famoso "Conjunto chacarero", grabó un poco de toda la música nacional, incluyendo varios tangos. Herminia Velich y los hermanos Casadei fueron casi siempre sus vocalistas.
Ejecutante de estilo sencillo, fue en la composición donde su nombre adquirió el necesario relieve como para que su nombre quede incorpondo al inventario definitivo del tango. Su laboriosidad como músico corrió pareja con su espíritu aventurero.
Siguió interpretando y viajando hasta sus últimos tiempos. Falleció en Buenos Aires el 24 de diciembre de 1982.
Originalmente publicado en "Tango y Lunfardo", Nº 110, Chivilcoy, 16 de noviembre de 1995.
24 DE DICIEMBRE

1928 - Nace en Buenos Aires, Eduardo “Negrín” Andrade (Eduardo Julio González), músico, autor, compositor. Guitarrista de Buenaventura Luna y Horacio Guarany. Autor de “Amor de los manzanares”, “La chaquipura”, “La chinita San Lorenzo” y “La cuatrereada” (con Lima Quintana), etc.


lunes, 23 de diciembre de 2013

ENRIQUE SANTO DISCEPOLO

Poeta, compositor, actor y autor teatral
(27 de marzo de 1901 – 23 de diciembre de 1951)
Nombre de familia: Enrique Santos Discépolo 

La filosofía en moneditas  

Hace unos años, en su ensayo Les assassins de la mémoire -un agudo estudio sobre el revisionismo neonazi en la Europa contemporánea-, el escritor francés Pierre Vidal-Naquet
reprodujo la letra de "Cambalache", el tango emblemático de Enrique Santos Discépolo. ¿Una cita descabellada? ¿Acaso un rasgo de exotismo de un intelectual en busca de oxígeno fuera del ámbito de la cultura europea? Según lo confesaría el autor, Discépolo cayó en sus manos a través de unos amigos latinoamericanos. Y él decidió incluirlo en un libro que nada tenía que ver con el tango. La imagen del cambalache como escenario del azar insolente, de la confusión de valores y la desacralización le pareció la más adecuada para sellar su texto de denuncia.
No fue aquella la primera vez que la obra de Discépolo despertó interés en el campo del pensamiento. El español Camilo José Cela lo incluyó entre sus poetas populares preferidos y Ernesto Sabato no ha dudado en identificarse con la filosofía pesimista de quien supo escribir en "Que vachaché": "El verdadero amor se ahogó en la sopa". Muchos años antes de estas reivindicaciones, los poetas lunfardos Dante A. Linyera y Carlos de la Púa definieron a Discépolo como a un autor "con filosofía". Otro escriba de Buenos Aires, Julián Centeya, al reseñar unos de sus filmes, habló de "filosofía en moneditas", a la vez que arriesgaba una analogía -sin duda desmedida- entre Discépolo y... Carlitos Chaplin.
A diferencia de otros creadores populares que desplegaron su talento de modo instintivo y un tanto naif, para luego ser reivindicados por futuros exégetas, Discépolo fue siempre consciente de sus aportes. Podría incluso asegurarse que toda su producción artística está articulada por estilo común, un cierto aire o espíritu discepoliano que la gente reconoce inmediatamente, con afecto y admiración, como si su obra -más de una vez definida como "profética"- expresara el sentido común de los argentinos. La singularidad de Discépolo sigue inquietando, tanto dentro como fuera del universo del tango. Mientras la mayoría de sus coetáneos hoy suena extraña para las nuevas generaciones, el hombre que escribió y compuso "Cambalache" persiste, está vigente. O para decirlo con una de sus imágenes preferidas: sigue mordiendo.
Enrique se formó viendo teatro de la mano de su hermano Armando, el gran dramaturgo del grotesco rioplatense, y poco después se sintió atraído por las artes populares. Llegó al tango después de haber probado, con suerte dispar, la autoría teatral y la actuación. En 1917, debutó como actor, al lado de Roberto Casaux, un capo cómico de la época, y un año más tarde firmó junto a un amigo la pieza Los duendes, mal tratada por la crítica. Luego levantó la puntería con El señor cura (adaptación de un cuento de Maupassant), Día Feriado, El hombre solo, Páselo cabo y, sobre todo, El organito, feroz pintura social bosquejada junto a su hermano, al promediar los años 20. Como actor, Discépolo evolucionó de comparsa a nombre de reparto, y se recordaría con entusiasmo su trabajo en Mustafá, entre muchos otros estrenos.
Si bien los mundos del teatro y el tango no estaban divorciados en la Argentina de Yrigoyen y Gardel, la decisión de Discépolo de convertirse en un autor de canciones populares fue resistida por el hermano mayor -Armando se había hecho cargo de la educación de Enrique después de la temprana muerte de los padres-, y no puede decirse que las cosas le hayan sido fáciles al debilucho y tímido Discepolín. Una tibia influencia familiar (Santo, el padre, fue un destacado músico napolitano establecido en Buenos Aires) puede haber sido una primera señal hacia el arte combinado de la organización sonora y la letrística, pero la revelación no fue inmediata. Por el contrario, tanto el insípido "Bizcochito", su primera composición hecha a pedido del dramaturgo Saldías, como el notable y revulsivo "Que vachaché", editado por Julio Korn en 1926 y estrenado en un teatro de Montevideo bajo una lluvia de silbidos, fueron un mal comienzo, o al menos eso se creyó en el Buenos Aires que aclamaba los tangos de Manuel Romero, Celedonio Flores y Pascual Contursi.
La suerte del obstinado autor cambió en 1928, cuando la cancionista Azucena Maizani cantó en un teatro de revistas "Esta noche me emborracho", un tango de ribetes horacianos (por el Horacio de las Odas) y tópico netamente rioplatense: aquella vieja cabaretera que el tiempo trató con impiedad. Días después del estreno, los versos de aquel tango circularon por todo el país. Los músicos argentinos de gira por Europa lo incluyeron en sus repertorios, y en la España de Alfonso XIII la composición gozó de gran popularidad. Había nacido el Discépolo del tango. Ese mismo año, la actriz y cantante Tita Merello retomó el antes denostado "Que vachaché" y lo puso a la altura de "Esta noche me emborracho". Finalmente, 1928 sería el año del amor para un intelectual cargado de inseguridades. Tania, una cupletista española radicada en Buenos Aires que se revelaría como una muy adecuada intérprete de sus tangos, acompañaría a Discépolo el resto de su vida.
En una época en la que la autoría y la composición estaban claramente diferenciadas en el marco de las industrias culturales, Discépolo escribía letra y música, aunque esta última era imaginada con apenas dos dedos sobre el piano, para luego ser llevada al pentagrama por algún músico amigo (generalmente Lalo Scalise). Esta capacidad doble le permitió a Discépolo trabajar cada tango como una unidad perfecta de letra y música. Con un agudísimo sentido del ritmo y de la progresión dramática, con un gusto melódico impecable (Carlos de la Púa lo definió como un "Pulgarcito Filarmónico"), Discépolo se las ingenió para hacer de sus breves y muchas veces violentas historias una auténtica comedia humana rioplatense. Abandonó gran parte de la influencia modernista que hacía estragos en otros letristas (Rubén Darío fue el héroe literario de cientos de poetas argentinos, durante muchos años) y tradujo al formato "menor" de la canción ciertas ideas dominantes de la época: el grotesco teatral, el idealismo crociano, el extrañamiento pirandelliano...
La proliferación de ideas en cada letra hallaba en el humor socarrón y en el lirismo de la música un cierto equilibro, una compensación sensorial, un modo de "decir cosas" en y a través del tango. Ningún otro autor llegaría tan lejos.
Desde luego, el hecho de que Carlos Gardel grabara casi todos sus primeros tangos ayudó en gran medida a la difusión y legitimación de Discépolo como autor y compositor de un género lleno de autores y compositores. En ese sentido, la versión gardeliana del 10 de octubre de 1930 de "Yira yira" figura entre los grandes momentos de la música argentina. La intensidad de la grabación, en la que no hubo recursos teatrales especiales y el cantante evitó todo énfasis innecesario, está dada por la inmediatez de la expresión gardeliana. No hay preámbulos instrumentales que familiaricen al oyente con el material, más allá de una apretada introducción de los guitarristas que exponen el estribillo con los trémolos y fraseos de bordonas típicos de los acompañamientos de la época. La línea melódica, con sencillez engañosa irrumpe de golpe, con una fuerza que excluye la queja.
"Yira yira" fue escuchado e interpretado como una denuncia cargada de escepticismo. El militante ridiculizado en "Que vachaché" vuelve a la carga, pero esta vez respaldado por una crisis material profunda. Ahora, el "engrupido" que se resistía a creer que "el verdadero amor se ahogó en la sopa" ocupa el lugar de la voz cínica. Los principios han sido trocados por la realidad. Es el triunfo del descrédito, pero ya sin el cinismo - y mucho menos el grotesco- de unos años antes. El personaje de "Yira yira" confió en el mundo, y este lo defraudó. Como en otros tangos de Discépolo, la letra cuenta una "caída", un desalmado amanecer: ya no hay espacio para el engaño y la impostura. (Desde esta perspectiva, no están del todo equivocados quienes han visto en Discépolo a un moralista decepcionado por la modernidad, aunque tal vez sea mucho más que eso).
La línea que empieza con "Qué vachaché" y madura en "Yira yira" se continúa en los tangos "Qué sapa señor" y, en 1935, "Cambalache" Pero no es este el único "estilo" del arte compositivo de Discépolo. Este supo ser romántico en el vals "Sueño de juventud", burlón en tangos "cómicos" como "Justo el 31" y "Chorra", expresionista en "Soy un arlequín" y "Quién más, quién menos", pasional en "Confesión" y "Canción desesperada" y un tanto nostálgico y elegíaco en "Uno" y "Cafetín de Buenos Aires", ambas creaciones escritas conjuntamente con Mariano Mores. No fue tan prolífico como Enrique Cadícamo, y una parte considerable de sus creaciones carece de interés. Es indudable que la variedad musical de Discépolo tuvo que ver con sus inquietudes teatrales y cinematográficas. Su puesta de "Wunder Bar" y sus películas más conocidas - "Cuatro corazones", "En la luz de una estrella"- dieron a conocer canciones -algunas casi olvidadas- que el director y actor escribió con su sentido "programático".
Enrique Santos Discépolo nació en el barrio porteño del Once, el 27 de marzo de 1901, y murió el 23 de diciembre de 1951, en el departamento céntrico que compartía con Tania. Su compromiso con el peronismo, hecho público a través de su breve y fulminante participación en un discutido programa de radio, lo distanció de varios de sus viejos amigos. Dos años después de su muerte, cuando las trincheras políticas ya no lo necesitaban pero varios de sus tangos seguían golpeando en la conciencia colectiva, Discépolo fue recordado por el escritor Nicolás Olivari en una nota memorable. Allí Olivari aseguraba que el autor de "Yira yira" había sido el perno del humorismo porteño, engrasado por la angustia. En cierto modo, aquella era una definición discepoliana.
Sergio A. Pujol es historiador y crítico musical. Entre otros libros, publicó "Discépolo. Una biografía argentina" (Emecé, 1997).