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miércoles, 9 de abril de 2014

Efemerides Folcloricas:

09 DE ABRIL 


1908 - Nace en Saint Pierre, territorio francés frente a la isla Terranova (América del Norte), Antonieta Paula “Nenette” Pepin Fitzpatrick, pianista, concertista, compositora. Con el seudónimo Pablo del Cerro musicalizó 44 temas de su esposo Atahualpa Yupanqui. Entre otros, “Luna tucumana”, “El arriero va”, “Chacarera de las piedras”, “El alazán”, “Indiecito dormido, “Guitarra, dímelo tú”, etc. Muere a los 81 años.



2003 - Fallece Marcelo Berbel, en Neuquén. Cantor, poeta, compositor. Autor de la zamba "La Pasto verde", entre otras.



martes, 1 de abril de 2014

Efemerides Folcloricas:

01 DE ABRIL 


1919 - Nace en Rosario (Santa Fe), aquerenciado en Mercedes (Corrientes), Damasio Esquivel, bandoneonista, autor, compositor. A los 12 años realizó su primera grabación. “El coloso del chamamé” es autor de “Barrio Sajonia”, “El aguará guazú”, “Amor y quebracho” (con Aranda) y “Alma guaraní” (con letra de Sosa Cordero) su más reconocida composición, etc. Muere a los 85 años. 


lunes, 31 de marzo de 2014

Efemerides Folcloricas:

31 DE MARZO


1915 - Nace en Barrancas (Salavina–S. del Estero), Sixto Doroteo Palavecino, violinisto, autor, compositor, quichuista, peluquero. Festeja su cumpleaños el día 28. Tradujo el “Martín Fierro” al quichua. Autor de “Ampisunaas amorani”, “El canto del tero” con Lobo; “Te tengo pasión” con Corpos; “Dimensión de amistad” con su hijo Rubén, etc. Participó con León Gieco de la obra musical “De Ushuaia a La Quiaca”. Registra 183 temas de su autoría. Muere a los 94 años.


ALFREDO DE ANGELIS

Pianista, director y compositor
(2 de noviembre de 1910 – 31 de marzo de 1992)
Apodo: El colorado 

En la segunda mitad de la década del treinta las músicas internacionales prevalecían sobre el tango, a tal punto, que
nuestras orquestas típicas más tradicionales incluían en su repertorio foxtrots, polcas, corridos, pasodobles, congas y rumbas.
Desde Canaro, Lomuto y la Típica Víctor, hasta De Caro y Fresedo, mixturaron los tangos con las músicas más extravagantes.
Pero la irrupción del ritmo audaz y vertiginoso de Juan D'Arienzo, coloca nuevamente al tango en la preferencia de los jóvenes, que no sólo recuperaron el gusto por su danza, sino que también se lanzaron a recrearlo.
Aparecieron entonces, cientos de orquestas y vocalistas, produciéndose el renacimiento del “dos por cuatro” y así, la maravillosa década del cuarenta.
Alfredo De Angelis se inscribe dentro del grupo de orquestas que pusieron el acento en el baile. Esto sin embargo no significa que carecieran de valor artístico, por el contrario, eran afiatadas, muy bien orquestadas y contaban con grandes músicos y vocalistas.
Nuestra elite intelectual siempre peyorizó lo popular, lo que prendía rápidamente en el gusto de la gente, porque no valorizaba, ni valoriza, el fenómeno sociocultural que significa la danza.
Siempre escuché decir sobre De Angelis que era una orquesta “calesita”, que sólo servía en el salón, que le faltaba creatividad. Supongo que el adjetivo hacía alusión, a la curiosa modalidad de los bailarines de recorrer el terreno girando ordenadamente alrededor del perímetro de la pista. Desde otra óptica, la crítica podía apuntar a la música fácil, elemental y rutinaria de las calesitas (carruseles).
A estas definiciones las encuentro dasafortunadas.
De Angelis tuvo la belleza de un trabajo armonioso y sincronizado, del que resultaba un tango prolijo y sencillo, logrado con un eficaz manejo del ritmo y muy respetuoso de la melodía y del lucimiento del cantante.
Se dirá que el estilo era simple y la fórmula poco ambiciosa se repetía, pero hoy, a la distancia, me deleito escuchando sus grabaciones algunas de ellas antológicas. "Al pie de la Santa Cruz", "La brisa", "Ya estamos iguales" (con la voz de Carlos Dante), "Marioneta" (a cargo de Floreal Ruiz), "Atenti pebeta", "Un tango y nada más", "De igual a igual" (con Julio Martel).
Nació en la localidad de Adrogué (sur del gran Buenos Aires) y de muy chico comenzó a aprender solfeo y armonía. Sus primeras actuaciones fueron acompañando al cantor Juan Giliberti, que anunciaba sus presentaciones con carteles que afirmaban que el propio Gardel lo había reconocido como su sucesor.
Al poco tiempo pasa a la orquesta de Anselmo Aieta reemplazando al pianista Juan Polito. Como dato curioso, en aquella formación participaba como violinista Juan D'Arienzo.
Conjuntamente con el bandoneonista Ernesto de la Cruz, acompaña al cantor Félix Gutiérrez, exitoso estribillista de varias orquestas de la época. Fugazmente, allá por 1934, pasa por la orquesta de Graciano de Leone. Después arma un binomio con Daniel Álvarez y más tarde, integra la orquesta Los Mendocinos dirigida por Francisco Lauro. 
Es recién a partir de 1940 que forma su propia orquesta, debutando el 20 de marzo de 1941 en el café Marzotto de la calle Corrientes, con los vocalista Héctor Morea, quien es el único de sus cantores que no llega al disco.
Actúa en radio El Mundo, con las voces del referido Morea y de su nueva incorporación, Floreal Ruiz. Así llegamos al “Glostora Tango Club”, mítico programa radial que se emitía diariamente y que estaba un ratito antes del más popular de los radioteatros: “Los Pérez García”.
Así, De Angelis adquirió fama y popularidad y no resultó extraño que el sello Odeon lo incorporara en su elenco artístico, donde grabó 486 temas, desde el 23 de julio de 1943 al 21 de enero de 1977.
De Angelis se caracterizó por haber elegido muy buenos cantores, basten como ejemplo: Floreal Ruiz, Carlos Dante, Julio Martel, Oscar Larroca, Juan Carlos Godoy, Roberto Florio, Roberto Mancini, Lalo Martel, entre otros.
El caso de Carlos Dante es muy especial porque ya había sido un consagrado estribillista y llega a la orquesta en su plenitud, convirtiéndose en su mejor cantor, su sello distintivo.
Alfredo De Angelis fue en el cuarenta el propulsor de los dúos vocales. Recorriendo su discografía se destacan en primer lugar el binomio Dante-Martel con sus “perlas” "Pregonera", "Remolino" y "Pastora", entre otros. Luego el dúo Dante-Larroca, después Juan Carlos Godoy con Lalo Martel y Roberto Mancini.
Es autor de "El taladro", en homenaje al club de fútbol Banfield, de "Pregonera", "Pastora" (ambos con letra de José Rótulo), "Qué lento corre el tren" (letra de Carmelo Volpe) y de esa maravilla melódica que es "Remolino" (también con Rótulo).
De Angelis no tuvo la impronta de Troilo ni de Pugliese, pero fue un director honesto que se refugió en un tango tradicional que llegaba fácilmente al reconocimiento popular. La prueba está en la cantidad de discos que grabó y que tuvieron un impresionante éxito comercial. 

viernes, 28 de marzo de 2014

Efemerides Folcloricas:

28 DE MARZO


1960 - Muere en Santiago del Estero, Anita Palumbo, esposa de Andrés Chazarreta. A menos de un mes después fallecía don Andrés antes de la medianoche en su casa familiar, actual museo particular.

1961 - Nace en Buenos Aires, Rolando Goldman, músico, charanguista. Estudió con Arnoldo Pintos. Pasó por los grupos Inti Sumaj, Huancara y Coquena, entre otros. Fundó Viracocha. Ex secretario general de Sadem. Hizo dúo con Moguilevsky. Es funcionario cultural.

jueves, 27 de marzo de 2014

Enrique Santos Discèpolo

Poeta, compositor, actor y autor teatral
(27 de marzo de 1901 – 23 de diciembre de 1951)
Nombre de familia: Enrique Santos Discépolo 

La filosofía en moneditas  

Hace unos años, en su ensayo Les assassins de la mémoire -un agudo estudio sobre el revisionismo neonazi en la
Europa contemporánea-, el escritor francés Pierre Vidal-Naquet reprodujo la letra de "Cambalache", el tango emblemático de Enrique Santos Discépolo. ¿Una cita descabellada? ¿Acaso un rasgo de exotismo de un intelectual en busca de oxígeno fuera del ámbito de la cultura europea? Según lo confesaría el autor, Discépolo cayó en sus manos a través de unos amigos latinoamericanos. Y él decidió incluirlo en un libro que nada tenía que ver con el tango. La imagen del cambalache como escenario del azar insolente, de la confusión de valores y la desacralización le pareció la más adecuada para sellar su texto de denuncia.
No fue aquella la primera vez que la obra de Discépolo despertó interés en el campo del pensamiento. El español Camilo José Cela lo incluyó entre sus poetas populares preferidos y Ernesto Sabato no ha dudado en identificarse con la filosofía pesimista de quien supo escribir en "Que vachaché": "El verdadero amor se ahogó en la sopa". Muchos años antes de estas reivindicaciones, los poetas lunfardos Dante A. Linyera y Carlos de la Púa definieron a Discépolo como a un autor "con filosofía". Otro escriba de Buenos Aires, Julián Centeya, al reseñar unos de sus filmes, habló de "filosofía en moneditas", a la vez que arriesgaba una analogía -sin duda desmedida- entre Discépolo y... Carlitos Chaplin.
A diferencia de otros creadores populares que desplegaron su talento de modo instintivo y un tanto naif, para luego ser reivindicados por futuros exégetas, Discépolo fue siempre consciente de sus aportes. Podría incluso asegurarse que toda su producción artística está articulada por estilo común, un cierto aire o espíritu discepoliano que la gente reconoce inmediatamente, con afecto y admiración, como si su obra -más de una vez definida como "profética"- expresara el sentido común de los argentinos. La singularidad de Discépolo sigue inquietando, tanto dentro como fuera del universo del tango. Mientras la mayoría de sus coetáneos hoy suena extraña para las nuevas generaciones, el hombre que escribió y compuso "Cambalache" persiste, está vigente. O para decirlo con una de sus imágenes preferidas: sigue mordiendo.
Enrique se formó viendo teatro de la mano de su hermano Armando, el gran dramaturgo del grotesco rioplatense, y poco después se sintió atraído por las artes populares. Llegó al tango después de haber probado, con suerte dispar, la autoría teatral y la actuación. En 1917, debutó como actor, al lado de Roberto Casaux, un capo cómico de la época, y un año más tarde firmó junto a un amigo la pieza Los duendes, mal tratada por la crítica. Luego levantó la puntería con El señor cura (adaptación de un cuento de Maupassant), Día Feriado, El hombre solo, Páselo cabo y, sobre todo, El organito, feroz pintura social bosquejada junto a su hermano, al promediar los años 20. Como actor, Discépolo evolucionó de comparsa a nombre de reparto, y se recordaría con entusiasmo su trabajo en Mustafá, entre muchos otros estrenos.
Si bien los mundos del teatro y el tango no estaban divorciados en la Argentina de Yrigoyen y Gardel, la decisión de Discépolo de convertirse en un autor de canciones populares fue resistida por el hermano mayor -Armando se había hecho cargo de la educación de Enrique después de la temprana muerte de los padres-, y no puede decirse que las cosas le hayan sido fáciles al debilucho y tímido Discepolín. Una tibia influencia familiar (Santo, el padre, fue un destacado músico napolitano establecido en Buenos Aires) puede haber sido una primera señal hacia el arte combinado de la organización sonora y la letrística, pero la revelación no fue inmediata. Por el contrario, tanto el insípido "Bizcochito", su primera composición hecha a pedido del dramaturgo Saldías, como el notable y revulsivo "Que vachaché", editado por Julio Korn en 1926 y estrenado en un teatro de Montevideo bajo una lluvia de silbidos, fueron un mal comienzo, o al menos eso se creyó en el Buenos Aires que aclamaba los tangos de Manuel Romero, Celedonio Flores y Pascual Contursi.
La suerte del obstinado autor cambió en 1928, cuando la cancionista Azucena Maizani cantó en un teatro de revistas "Esta noche me emborracho", un tango de ribetes horacianos (por el Horacio de las Odas) y tópico netamente rioplatense: aquella vieja cabaretera que el tiempo trató con impiedad. Días después del estreno, los versos de aquel tango circularon por todo el país. Los músicos argentinos de gira por Europa lo incluyeron en sus repertorios, y en la España de Alfonso XIII la composición gozó de gran popularidad. Había nacido el Discépolo del tango. Ese mismo año, la actriz y cantante Tita Merello retomó el antes denostado "Que vachaché" y lo puso a la altura de "Esta noche me emborracho". Finalmente, 1928 sería el año del amor para un intelectual cargado de inseguridades. Tania, una cupletista española radicada en Buenos Aires que se revelaría como una muy adecuada intérprete de sus tangos, acompañaría a Discépolo el resto de su vida.
En una época en la que la autoría y la composición estaban claramente diferenciadas en el marco de las industrias culturales, Discépolo escribía letra y música, aunque esta última era imaginada con apenas dos dedos sobre el piano, para luego ser llevada al pentagrama por algún músico amigo (generalmente Lalo Scalise). Esta capacidad doble le permitió a Discépolo trabajar cada tango como una unidad perfecta de letra y música. Con un agudísimo sentido del ritmo y de la progresión dramática, con un gusto melódico impecable (Carlos de la Púa lo definió como un "Pulgarcito Filarmónico"), Discépolo se las ingenió para hacer de sus breves y muchas veces violentas historias una auténtica comedia humana rioplatense. Abandonó gran parte de la influencia modernista que hacía estragos en otros letristas (Rubén Darío fue el héroe literario de cientos de poetas argentinos, durante muchos años) y tradujo al formato "menor" de la canción ciertas ideas dominantes de la época: el grotesco teatral, el idealismo crociano, el extrañamiento pirandelliano...
La proliferación de ideas en cada letra hallaba en el humor socarrón y en el lirismo de la música un cierto equilibro, una compensación sensorial, un modo de "decir cosas" en y a través del tango. Ningún otro autor llegaría tan lejos.
Desde luego, el hecho de que Carlos Gardel grabara casi todos sus primeros tangos ayudó en gran medida a la difusión y legitimación de Discépolo como autor y compositor de un género lleno de autores y compositores. En ese sentido, la versión gardeliana del 10 de octubre de 1930 de "Yira yira" figura entre los grandes momentos de la música argentina. La intensidad de la grabación, en la que no hubo recursos teatrales especiales y el cantante evitó todo énfasis innecesario, está dada por la inmediatez de la expresión gardeliana. No hay preámbulos instrumentales que familiaricen al oyente con el material, más allá de una apretada introducción de los guitarristas que exponen el estribillo con los trémolos y fraseos de bordonas típicos de los acompañamientos de la época. La línea melódica, con sencillez engañosa irrumpe de golpe, con una fuerza que excluye la queja.
"Yira yira" fue escuchado e interpretado como una denuncia cargada de escepticismo. El militante ridiculizado en "Que vachaché" vuelve a la carga, pero esta vez respaldado por una crisis material profunda. Ahora, el "engrupido" que se resistía a creer que "el verdadero amor se ahogó en la sopa" ocupa el lugar de la voz cínica. Los principios han sido trocados por la realidad. Es el triunfo del descrédito, pero ya sin el cinismo - y mucho menos el grotesco- de unos años antes. El personaje de "Yira yira" confió en el mundo, y este lo defraudó. Como en otros tangos de Discépolo, la letra cuenta una "caída", un desalmado amanecer: ya no hay espacio para el engaño y la impostura. (Desde esta perspectiva, no están del todo equivocados quienes han visto en Discépolo a un moralista decepcionado por la modernidad, aunque tal vez sea mucho más que eso).
La línea que empieza con "Qué vachaché" y madura en "Yira yira" se continúa en los tangos "Qué sapa señor" y, en 1935, "Cambalache" Pero no es este el único "estilo" del arte compositivo de Discépolo. Este supo ser romántico en el vals "Sueño de juventud", burlón en tangos "cómicos" como "Justo el 31" y "Chorra", expresionista en "Soy un arlequín" y "Quién más, quién menos", pasional en "Confesión" y "Canción desesperada" y un tanto nostálgico y elegíaco en "Uno" y "Cafetín de Buenos Aires", ambas creaciones escritas conjuntamente con Mariano Mores. No fue tan prolífico como Enrique Cadícamo, y una parte considerable de sus creaciones carece de interés. Es indudable que la variedad musical de Discépolo tuvo que ver con sus inquietudes teatrales y cinematográficas. Su puesta de "Wunder Bar" y sus películas más conocidas - "Cuatro corazones", "En la luz de una estrella"- dieron a conocer canciones -algunas casi olvidadas- que el director y actor escribió con su sentido "programático".
Enrique Santos Discépolo nació en el barrio porteño del Once, el 27 de marzo de 1901, y murió el 23 de diciembre de 1951, en el departamento céntrico que compartía con Tania. Su compromiso con el peronismo, hecho público a través de su breve y fulminante participación en un discutido programa de radio, lo distanció de varios de sus viejos amigos. Dos años después de su muerte, cuando las trincheras políticas ya no lo necesitaban pero varios de sus tangos seguían golpeando en la conciencia colectiva, Discépolo fue recordado por el escritor Nicolás Olivari en una nota memorable. Allí Olivari aseguraba que el autor de "Yira yira" había sido el perno del humorismo porteño, engrasado por la angustia. En cierto modo, aquella era una definición discepoliana. 
 
 
Sergio A. Pujol es historiador y crítico musical. Entre otros libros, publicó "Discépolo. Una biografía argentina" (Emecé, 1997).
Efemerides Folcloricas:

27 DE MARZO

1952 - Muere en Avellaneda (Bs.As.), Mariano Villaflor, payador que sostuvo contrapuntos con los cantores más conocidos de su época. Hombre de fortuna, en su casa de Barracas al Norte, realizaba largas fiestas donde abrió las puertas a muchos nuevos cantores. Terminó en la pobreza. Tenía 75 años. 


 
1972 - Aparece el libro “El payador perseguido” de Atahualpa Yupanqui, Cía. Gral. Fabril, Bs.As., ilustraciones de Horacio Cardo, 103 p. Consta de 726 versos. “Hace aproximadamente 15 años Yupanqui comenzó a recopilar estos versos”. Contiene además “Soneto para Reguera”, “La hermanita perdida”, etc.